Vía de la Plata

Desde Sevilla

Punto de partida

El Camino que cruza España

Esta ruta empieza en Sevilla y, si eres español, probablemente habrás escuchado eso de “quien fue a Sevilla perdió su silla” y no es solo un refrán, la historia viene de un lío entre un tío y su sobrino, ambos arzobispos. El sobrino se fue a Santiago, dejó su puesto en Sevilla y cuando volvió, decidió no devolvérselo. Una disputa familiar en la que tuvo que intervenir el Papa. Pero bueno, hoy tu viaje a Santiago sigue, pero la silla aquí no se pierde: la pedaleas.

La Vía de la Plata sigue el trazado de una antigua calzada romana que conectaba el sur con el norte de la península, por donde pasaban tropas y viajeros durante siglos. Hoy recorres ese mismo eje histórico… pero con casco y bici. Un poco menos épico pero ahora el mérito es todo tuyo.

Y no, lo de “Plata” no va de tesoros: viene probablemente del término árabe balata, que significa “camino empedrado”. Vamos, que de plata, poca… pero de historia, mucha. Porque al final cruzas medio país, de Andalucía a Galicia, pasando por paisajes, pueblos y formas de vivir muy diferentes, de esos que cambian casi sin darte cuenta etapa a etapa. Y es que la Vía de la Plata es uno de los Caminos más largos hacia Santiago. No es la más fácil, pero tampoco hace falta ser un pro.A cambio, ofrece algo que pocos tienen: tranquilidad, espacio y otra forma de vivir el Camino.

Una opción un poco menos masificada y más verde, pero exigente. Por eso te recomendamos la bici eléctrica. Y como lo haces con MVICO, todo va sobre ruedas: bici lista, equipamiento preparado y tú a disfrutar. Y si hay reclamaciones, que sea en la barra.

Antes de salir: consejos y preparativos

Este Camino es largo, precioso y, seamos sinceros, también un poco puñetero. Habrá jornadas en las que pedalees feliz como una cabra en el monte… y otras en las que te preguntes por qué no te quedaste en la cama. Tranquilo: para eso está este “manual de arranque”, pensado para que empieces con buen pie (y buenas piernas).

Los imprescindibles que marcan la diferencia:

  • Activa las piernas antes de venir: No hace falta entrenar como si fueras al Tour de Francia, pero sí conviene darle algo de rodaje al cuerpo. Haz un par de salidas suaves, prueba alguna subida, pedalea con el peso que llevarás y asegúrate de que todo te resulta cómodo antes de lanzarte a la aventura.
  • Vístete para el Camino: Ropa cómoda, impermeable por si acaso (y casi seguro), culottes, buen calzado, gafas, protector solar, agua suficiente y algún snack. Parece mucho, pero todo es importante.
  • Menos carga, más alivio: Intenta no llevar más del 10 % de tu peso corporal. Y si dudas si meter algo “por si acaso”… no lo hagas. Créenos: lo que no uses en los primeros días acabará convertido en ese lastre que maldecirás en cada cuesta. Eso sí, si viajas en bicicleta eléctrica, todos los santos ayudan: puedes permitirte algo más de peso y apenas se nota.

Aquí no hace falta pelearse con la mecánica: la bici te la ponemos nosotros, revisada y lista para rodar. Tú pedaleas, ella responde. Así de sencillo. Además, viene equipada con todo lo necesario para el Camino: kit básico de reparación (cámara de repuesto, desmontables y multiherramienta), bombín de mano, alforjas impermeables, casco, candado, luz trasera y soporte para el móvil. ¿Y lo mejor? También te facilitamos los tracks del recorrido, optimizados para bici, para que no tengas que improvisar sobre la marcha: recibirás un archivo GPX, compatible con tu app deportiva favorita, y un archivo KMZ, perfecto para visualizar la ruta en Google Maps y hacerte una idea general del recorrido.

¿Eléctrica o convencional? Si estás dudando, nuestro consejo es claro: la eléctrica nunca te falla. En subidas exigentes o en días en los que vas justo, te echará una mano. En la bici convencional, el motor eres tú. Y cuando vas sobrado de fuerzas, apagas la ayuda y listo. Tú decides cuánto te exiges. La bici solo te acompaña.

Una vez en ruta, comprobarás que el Camino en bici sigue, en gran parte, el mismo trazado que el recorrido a pie. Avanza a tu ritmo, disfruta del paisaje y olvídate de las prisas. Esto no va de ganar etapas: aquí lo importante es llegar… y llegar con ganas de contarlo. Y si algún día te apetece apretar un poco más, con un enfoque más deportivo, adelante: la ruta aguanta caña.

sevilla → Santiago: 1014 km

Etapas de la Vía de la Plata

¿Y ahora qué? Cuando llegas a Santiago

Puede que hayas oído eso de que lo importante es el camino, pero cuando entras en Santiago esa idea empieza a tambalearse. Capital gallega, ciudad universitaria y Patrimonio de la Humanidad desde 1985, Santiago no es solo el punto final del Camino: es un lugar donde las rutas se cruzan y las historias se acumulan. Aquí no se pone punto final, se abre otro capítulo.

El momento en el que pisas la Praza do Obradoiro tiene algo especial. Es de esos instantes que se guardan sin hacer esfuerzo. A partir de ahí, toca cumplir con los rituales clásicos del peregrino: recoger la Compostela (puedes ver cómo hacerlo aquí), entrar en la Catedral y, si el horario acompaña, asistir a la misa del peregrino. Se celebra varias veces al día y en distintos idiomas,y con un poco de suerte, podrás ver el vuelo del botafumeiro. Muy cerca, la Praza da Quintana es parada obligatoria para muchos viajeros, una de esas plazas que se disfrutan sin prisas. Y si te apetece cambiar el punto de vista, subir a los tejados de la Catedral es casi obligatorio:desde lo más alto de Santiago tendrás vistas únicas tanto de la ciudad como de la misma catedral. Eso sí, conviene reservar con antelación porque es uno de los planes más solicitados (puedes hacerlo en este enlace).

Para seguir sumando vistas, nada como un paseo por la Alameda, el pulmón de Santiago y el lugar perfecto para observar unas vistas privilegiadas de la ciudad, saludar a las Dos Marías y entender por qué este parque forma parte del imaginario colectivo compostelano.

Si prefieres descubrir una ciudad a través de su gastronomía, el Mercado de Abastos es el sitio ideal. Más que un mercado, es el corazón culinario de Santiago y el segundo espacio más visitado después de la Catedral. Entre productos del mar, de la huerta y pequeñas tapas, aquí se entiende la esencia de la cocina gallega. Y cuando creas que ya has cumplido con todo, llega lo mejor: perderse. Caminar sin rumbo por el casco histórico, dejarse llevar por las calles empedradas y cerrar el día con una copa de licor café si la noche se alarga. Después de tantos kilómetros, es casi una obligación.

Si aún te quedan fuerzas, Santiago guarda planes extra seguir disfrutando:

  • Parque de Bonaval, perfecto para descansar entre piedra y vegetación.
  • Museo do Pobo Galego, una inmersión directa en la cultura y la identidad de Galicia.
  • Cidade da Cultura, con arquitectura contemporánea y un mirador distinto, accesible también en bici.
  • Monte do Gozo, el clásico desde el que muchos ven por primera vez la Catedral en la distancia.
  • Monte do Viso, menos concurrido, pero con vistas que sorprenden.

Después de todo esto, si quieres llegar hasta el fin del mundo, atrévete a finalizar con el Camino de Fisterra y Muxía: pedalear hasta donde la tierra se acaba y el mar comienza.

Porque como las buenas historias, este Camino también tiene epílogo. Un añadido de tres o cuatro días, fuera del recorrido más transitado, con menos gente pero la misma magia: paisajes abiertos, pueblos tranquilos y miradores al océano que hacen que cada pedalada merezca la pena.

Sevilla → Castilblanco de los Arroyos

Parada que merece la pena

Sevilla, esta joya española, siempre ha tenido algo de punto de partida. Desde el Guadalquivir, la Torre del Oro vigilaba el ir y venir de barcos cargados desde América, cuando la ciudad era uno de los grandes centros del mundo. Muy cerca, el Archivo de Indias guarda la prueba de todo aquello y en medio de la ciudad, la Catedral, además de su grandeza, guarda uno de los nombres más importantes de esa historia: la tumba de Cristóbal Colón. Al lado está la Giralda, que no se sube por escaleras, sino por rampas, porque originalmente estaban pensadas para que el vigilante pudiera subir a caballo. No apto para bicicletas en la actualidad. A partir de ahí, toca disfrutar: visitar el Real Alcázar, recorrer la Plaza de España y pasear por el Parque de María Luisa, dejando que Sevilla marque el ritmo.

Un plato que deberías probar

Cazón en adobo: Pescado marinado con especias y frito. Crujiente por fuera, jugoso por dentro, y desaparece rápido.

Castilblanco de los Arroyos → Monesterio

Parada que merece la pena

Sales de Castilblanco y, casi sin darte cuenta, te metes en Sierra Morena. Aquí el Camino cambia: más monte, más silencio y bastante más serio. El primer respiro es Almadén de la Plata, pequeño pero con encanto. Aquí paras, rellenas agua y sigues, porque en este tramo no conviene confiarse: las distancias aprietan y las sombras no siempre acompañan. Y cuando por fin cruzas a Extremadura, aparece Monesterio. Y aquí sí, premio: tierra de jamón ibérico del bueno. Después de tantos kilómetros, pocas cosas saben mejor…

Un plato que deberías probar

Bacalao con tomate: Bacalao guisado con tomate. Clásico sin complicaciones.

Monesterio → Zafra

Parada que merece la pena

A Zafra la llaman “Sevilla la chica”, y cuando entras lo entiendes rápido: calles de casas blancas, flores por todas partes y ese aire andaluz que no te esperas… porque estás en Badajoz. Es de esas paradas que te hacen bajarte de la bici sin pensarlo mucho, con calles como la de Jerez o Sevilla, llenas de vida, plazas como la Grande y la Chica, con soportales donde siempre hay ambiente, y edificios impresionantes la Colegiata de la Candelaria o el Palacio de los Duques de Feria.

Y si te apetece salirte un poco del guión, está el desvío a El Capricho de Cotrina. Aquí no hay historia medieval ni nada clásico, solo un proyecto familiar inspirado en las obras de Gaudí, levantada sin planos, a base de curvas, mosaicos y bastante imaginación. La visita es gratuita, pero no te plantes sin avisar: hay que reservar y solo abre los fines de semana… que hasta lo improvisado tiene su organización.

Un plato que deberías probar

Migas: Pan, ajo y acompañamiento de carne o verduras. Plato sencillo que siempre apetece.

Zafra → Mérida

Parada que merece la pena

De la “Sevilla la Chica” pasamos a la “pequeña Roma”, Mérida. Declarada Patrimonio de la Humanidad, fue fundada para dar retiro a soldados veteranos. Lo que empezó como “jubilación romana” acabó siendo una de las grandes ciudades del Imperio. El Museo Nacional de Arte Romano es el mejor punto de partida para entenderlo.

Y lo mejor es que no hace falta imaginar cómo fue todo esto: aquí se conservan algunos de los restos romanos mejor conservados de toda España: el Teatro Romano, que sigue en uso después de tantos siglos, y el Anfiteatro, completado con la Casa del Anfiteatro, un complejo que enseña cómo se vivía cuando esto estaba en pleno apogeo. Cerca está el Circo Romano, un estadio de más de 400 metros de largo y capacidad para unos 30000 espectadores. Aquí compitió Gayo Apuleyo Diocles, el deportista más exitoso y mejor pagado de la Antigua Roma… y que encima  nació en Hispania. Vamos, un Fernando Alonso de la época. Otras construcciones destacadas son el Acueducto de los Milagros, las Termas de San Lázaro, el impresionante Templo de Diana e incluso la Alcazaba, la fortificación musulmana más antigua de España, un recuerdo de que por aquí no solo pasaron los romanos.

Un plato que deberías probar

Caldereta de cordero: Cordero guisado con ajo, pimentón y vino. Sabor de campo y receta de siempre.

Mérida → Cáceres

Parada que merece la pena

En esta ruta vamos viajando en el tiempo y, en Cáceres, basta cruzar una puerta para meterse de lleno en la Edad Media, con un casco histórico declarado Patrimonio de la Humanidad. Aquí todo gira en torno a la Ciudad Monumental, un laberinto de calles empedradas, torres y palacios. La Plaza Mayor es la antesala,  el Arco de la Estrella su puerta principal y la Torre de Bucajo su vigilante con unas vistas espectaculares del casco histórico que ya te ponen en situación. Y no es solo un mirador: dentro encontrarás exposiciones donde se repasa la historia de Cáceres desde sus orígenes romanos y el paso de las tres culturas (cristiana, musulmana y judía) de las que todavía quedan huellas como en la judería o el Museo Árabe.

También destacan nombres como la Concatedral de Santa María, sobria por fuera pero con más de lo que parece dentro, la Iglesia de Santiago de los Caballeros en la que te encontrarás al dueño del Camino o el Palacio de los Golfines de Abajo en la que se alojaron los Reyes Católicos. Y un rincón curioso es el Callejón de Don Álvaro, donde al construir sus muros se reutilizaron materiales del antiguo cementerio de San Mateo… huesos incluidos, que hoy en día asoman entre las paredes. Un concepto de reciclaje curioso.

Un plato que deberías probar

Gazpacho: Tomate, pan, aceite y ajo triturados en frío. Fresco, simple y necesario cuando aprieta el calor.

Cáceres → Galisteo

Parada que merece la pena

Se dice que Galisteo podría identificarse con la antigua Medina Galiayah, un enclave de origen andalusí en el que, según algunos historiadores, descansó Almanzor, uno de los líderes militares más poderosos de Al-Ándalus, durante su campaña hacia el norte en el año 977 camino de Galicia. Verdad o mito, al menos queda claro que el camino a Galicia lleva siglos teniendo tráfico… aunque no siempre  por motivos turísticos.

El pueblo está protegido por una muralla medieval, prácticamente intacta y hecha con piedras del río, además se puede recorrer por arriba y disfrutar de las vistas a las vegas. En el interior destaca la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, construida sobre una antigua mezquita, mientras que del antiguo castillo apenas quedan restos, ya que con el paso del tiempo fue perdiendo su función defensiva y terminó integrado en la propia muralla. Otro ejemplo de reciclaje histórico… pero sin huesos a la vista.

Un plato que deberías probar

Chanfaina: Arroz con cordero y especias. Plato de origen humilde con mucho carácter.

Galisteo → Calzada de Béjar

Parada que merece la pena

Plasencia es un desvío que merece la pena. Su muralla ya te marca el tono, con puertas como la del Sol o la de Trujillo que siguen dando acceso al casco histórico. Dentro, la Plaza Mayor te recibe con el ayuntamiento y su detalle más curioso: el abuelo Mayorga, una figura autómata que sale a dar las horas golpeando la campana. No es el Big Ben, pero tiene su público. Pero si hay algo que llama la atención en Plasencia, es que tiene dos catedrales: la Vieja, más románica y recogida, contrasta con la Nueva, más grande y ambiciosa, aunque quedó sin terminar. Muy cerca aparecen edificios como el Palacio de Mirabel o el de los Monroy. A esto se suman puntos como el Acueducto de San Antón y el Parador, antiguo convento de San Vicente Ferrer, donde hoy puedes alojarte en lo que fueron las antiguas habitaciones de los monjes.

Un plato que deberías probar

Calderillo bejarano: Ternera guisada con patata y pimiento. Cocina de cuchara que entra sola.

Calzada de Béjar → Salamanca

Parada que merece la pena

Salamanca, ciudad universitaria por excelencia, no necesita presentación. Aquí la Universidad es parada obligatoria (la más antigua de España por la que han pasado grandes nombres como Unamuno) y en su entrada te recibe la estatua de Fray Luis de León, profesor de la casa. Después de pasar casi cinco años en prisión por traducir la Biblia, volvió a clase y soltó un tranquilo “Decíamos ayer…” sin dar más explicaciones. Nivel de calma difícil de igualar, no por nada era fraile. Justo al lado, el edificio de las Escuelas Menores merece la pena por sí solo: una cúpula con el cielo de Salamanca pintado y un pequeño reto en la fachada (Patrimonio de la Humanidad, por cierto): encontrar la famosa ranita, que dicen que da suerte a los estudiantes… aunque aprobar los exámenes suele ser bastante más fácil que verla.

Además, Salamanca tiene dos catedrales que parecen competir por ver cuál impresiona más. Las puedes observar desde la Plaza de Anaya, rodeada de edificios históricos como el propio Palacio de Anaya. No te olvides de pasar por la impresionante Plaza Mayor, corazón de las fiestas de la ciudad, y de recorrer otros rincones como el Palacio de la Salina o el de Monterrey, y conventos como el de las Dueñas o el de San Esteban. Este último, además de su fachada espectacular, tiene historia: aquí se alojó Colón, quien buscaba financiación para su viaje a América. Y por si fuera poco, Hernán Cortés también pasó por esta universidad antes de cruzar el Atlántico, así que parece que por aquí las ideas grandes no se quedaban solo en clase.

Un plato que deberías probar

Hornazo: Masa de pan rellena de carne y embutido. Se corta fácil y desaparece rápido.

Salamanca → Zamora

Parada que merece la pena

Zamora no se ganó en una hora… y no es solo un dicho, tiene una disputa familiar detrás. Todo empieza con Fernando I de León, que al morir repartió sus reinos: a Sancho II Castilla, a Alfonso VI León y a Doña Urraca Zamora. El problema vino cuando Sancho decidió que lo suyo se le quedaba corto. Pero Zamora no era fácil de ganar, y Urraca tampoco. Lo que parecía una conquista rápida se convirtió en un asedio largo, hasta que una traición (según el Cantar de Mio Cid, planeada por Alfonso)  acabó con el rey de Castilla.

Esta historia se entiende mucho mejor al subir a la Torre del Homenaje del Castillo: además de las mejores vistas de la ciudad, desde ahí queda claro por qué Zamora no se lo ponía fácil a nadie. A partir de ahí, el recorrido sigue por la Catedral de San Salvador, con su característica cúpula, y por un casco histórico lleno de iglesias románicas como la de San Pedro y San Ildefonso, donde descansan los patrones de la ciudad o la de Santiago el Viejo, donde, según dicen, el Cid fue nombrado caballero. Y es que muy cerca, el Palacio de Arias Gonzalo, que la tradición identifica como la casa del Cid, quien actuó como uno de los grandes defensores de Zamora durante el asedio en esta historia.

Un plato que deberías probar

Arroz a la zamorana: Arroz con cerdo, embutidos y pimentón. Aquí nadie se queda con hambre.

Zamora → Tábara

Parada que merece la pena

Tábara es de esas paradas que, si no te cuentan lo que hay, pasas sin enterarte… y eso que aquí se escribía historia de verdad. En el siglo X, su monasterio tuvo uno de los scriptorium más importantes de Europa, donde los monjes copiaban códices con un nivel de detalle que hoy cuesta imaginar. De hecho, de los 21 Beatos que se conservan en el mundo (manuscritos medievales ilustrados sobre el Apocalipsis y declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO), tres salieron de aquí, que no está mal para un sitio que parece tranquilo a primera vista.

Lo más visible hoy es la Iglesia de Santa María y la Torre de Tábara o del scriptorium, donde trabajaban esos monjes-copistas. También puedes ver la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, construida en 1559 como parte de la Casa-Palacio del Marquesado de Tábara, de la que aún se conserva el propio Palacio del Marqués, reflejo del peso histórico que tuvo la localidad. Y entre tanto pasado, aparece un guiño más reciente con el monumento a León Felipe, poeta de la Generación del 27 nacido aquí, que llevó el nombre de Tábara mucho más allá de sus calles.

Un plato que deberías probar

Ternera de Aliste: Carne de ternera a la brasa o guisada. Producto de calidad de la casa.

Tábara → Mombuey

Parada que merece la pena

Mombuey tiene un símbolo claro que se ve desde lejos: la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y, sobre todo, su torre, que parece más de fortaleza que de templo. Y no es casualidad. Desde su torre se vigilaban los caminos por donde pasaban peregrinos y pastores, en una zona clave de conexión hacia Galicia. De hecho, hay bastante teoría de que los templarios estuvieron detrás de su construcción. Fíjate en un detalle curioso: en uno de sus muros aparece esculpida la figura de un buey, ligada al propio nombre del pueblo. 

El resto del pueblo es tranquilo, sin demasiados desvíos, de los que sirven para hacer una pausa breve y seguir. Y como extra, a poca distancia tienes la Playa de Valparaíso, a orillas del embalse, un lugar bastante inesperado en mitad de la ruta. Arena, agua y sombra para parar un rato… que en un Camino como este, no es mala sorpresa.

Un plato que deberías probar

Sopa de ajo: Pan, ajo, pimentón y huevo. Más simple de lo que parece y mejor de lo que esperas.

Mombuey → Lubián

Parada que merece la pena

Puebla de Sanabria es una parada obligatoria en este tramo. El casco histórico se levanta sobre una colina dominada por el Castillo de los Condes de Benavente, una fortaleza del siglo XV que controlaba el paso hacia Galicia. La visita es bastante completa: puedes recorrer el interior, entrar al Museo de Gigantes y Cabezudos y, si te apetece meterte en el papel, hasta vestirte como caballero con espada y escudo incluido.Al lado del castillo hay un detalle curioso: una roca con forma de barca ligada a la leyenda de Valverde de Lucerna. Dicen que un peregrino (que resultó ser Jesucristo) no fue bien recibido en el pueblo y decidió castigarlo provocando una inundación que dio origen al Lago de Sanabria. Fue tal el cabreo que dio lugar al mayor lago glaciar de España y de Europa.

Después de todo esto, toca recorrer el pueblo: la Iglesia de Nuestra Señora del Azogue, la Ermita de San Cayetano, calles de piedra, balcones de madera y algún mirador que invita a quedarse un rato más.

Un plato que deberías probar

Bacalao a la tranca: Bacalao con ajo, pimentón y aceite. Seguro que no te quedas con hambre

Lubián → Laza

Parada que merece la pena

En este tramo sales desde Castilla y León y en unos pocos kilómetros cruzas a Galicia con la sensación de que Santiago está un poco más cerca y de que el Camino empieza a entrar en su tramo más “gallego”… o lo que es lo mismo, más subidas por metro cuadrado.

Por el camino pasas por pequeños pueblos donde el Camino se vuelve más solitario y rural hasta la llegada a Laza, famosa por su entroido, uno de los carnavales más tradicionales y auténticos de Galicia, con personajes propios y rituales que se mantienen desde hace siglos. Se celebra cada año entre febrero y marzo (según caiga la Semana Santa), así que si te coincide en ruta, es de esas experiencias que no se planean pero tampoco se olvidan.

Un plato que deberías probar

Carne ó caldeiro: ternera cocida con patata y pimentón. Sencilla en apariencia, seria cuando toca comer.

Laza → Ourense

Parada que merece la pena

Si el Camino tuviera un spa oficial, probablemente sería Ourense. Nos encontramos en la segunda ciudad europea con mayor número de termas. As Burgas, en pleno centro, son las más conocidas, pero no son las únicas: las Termas de Chavasqueira y las de Outariz completan ese plan que después de la etapa, suena bastante bien.

Ourense es una ciudad para disfrutar sin prisas, de sentarte a tomar unos pinchos, alargar la comida y encontrarte ambiente cualquier día de la semana, de esos sitios donde siempre parece buena hora para parar. Para recorrer el casco histórico, empieza en la Praza do Trigo. Desde ahí puedes acercarte a la Catedral de San Martiño, con su Pórtico do Paraíso, una puerta llena de color que recibe al peregrino nada más entrar y que simboliza la entrada al Paraíso. También puedes pasar por la Igrexa de Santa María Nai y seguir hacia plazas con mucho ambiente como la Praza Maior, la Praza do Ferro o la Praza do Eironciño dos Cabaleiros. Muy cerca también está el Claustro de San Francisco, un rincón más tranquilo y algo escondido que merece la pena por su arquitectura y por ese contraste con el bullicio del centro. Un descanso perfecto antes de volver al ritmo del Camino.

Un plato que deberías probar

Pulpo a feira: Pulpo cocido con patata, pimentón y aceite. Tradición gallega sin discusión.

Ourense → Dozón (O Castro)

Parada que merece la pena

Desde Dozón (O Castro) el Camino ya huele a final. El paisaje sigue siendo gallego de manual: verde por todas partes, aldeas pequeñas y caminos tranquilos… aunque con más subidas de las que aparentan. En mitad de la etapa aparece el Monasterio de Oseira, una parada de las que no esperas y te obliga a frenar. Esta joya escondida entre montes es tan espectacular por fuera como por dentro y su visita más que recomendable. El paso por Lalín pone una última parada… y con comida incluida. Este pueblo es reconocido como la capital del cocido gallego, así que parar es casi obligatorio, aunque por estas tierras cualquier sitio es bueno para sentarse a comer. Eso así, sin pasarse, que luego toca volver a pedalear y el cocido no empuja.

A partir de ahí, el Camino se vuelve más tranquilo, pero empieza a cambiar el ambiente: más peregrinos, más mochilas y más conversación. Señal clara de que el final ya está muy cerca.

Un plato que deberías probar

Caldo gallego: Grelos, patata y alubias. Entrada a Galicia en forma de cuchara caliente.

Dozón (O Castro) → Santiago

Un plato que deberías probar

Empanada gallega y tarta de Santiago: Tradición salada y dulce que acompaña, celebra y pone el punto final al camino.

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