Camino del Norte

Desde Irún

Punto de partida

Entre faros y acantilados

El Camino del Norte va de paisajes en mayúsculas, recorriendo toda la cornisa cantábrica hasta Santiago, casi siempre con el mar como compañero de viaje. Esta ruta única ha sido reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y con razón: aquí pedaleas entre acantilados, pueblos marineros y algunas de las zonas más bonitas del país, con más de una parada en la playa asegurada.

Este Camino empieza en Irún, con el Puente Internacional de Santiago que conecta con la ciudad francesa de Hendaya, porque aquí el santo está presente hasta en el control fronterizo. Esta región lo ha visto todo: la Guerra de la Independencia, Primera Guerra Carlista y su casi total destrucción en la Guerra Civil. Porque no es sencillo vivir siendo puente entre territorios: primero entre la Hispania y la Galia romanas, y hoy entre España y Francia por el Bidasoa, el río más diplomático del mundo. Y es que en mitad de sus aguas está la Isla de los Faisanes, escenario en 1659 del Tratado de los Pirineos, donde se puso fin a la guerra entre los dos países. Y lo más curioso: este islote cambia de soberanía cada seis meses. Una custodia compartida pero sin régimen de visitas.

Una opción un poco menos masificada y más verde, pero exigente. Por eso te recomendamos la bici eléctrica. Y como lo haces con MVICO, todo va sobre ruedas: bici lista, equipamiento preparado y tú a disfrutar. Y si hay reclamaciones, que sea en la barra.

Antes de salir: consejos y preparativos

  • Llega con las piernas despiertas: No hace falta que entrenes como si te fueran a dar un trofeo, pero venir en frío tampoco es buena idea. Unas cuantas salidas previas, probar alguna subida y rodar con el peso real que llevarás ayudan más de lo que parece.
  • Vístete para pedalear: Ropa cómoda, algo impermeable siempre a mano, culotte, calzado decente, gafas, crema solar, agua suficiente y algún snack salvavidas.
  • Menos carga, más sonrisas: Intenta no superar el 10 % de tu peso corporal. Y si estás dudando con eso de “por si acaso”… déjalo en casa. Lo que no uses al principio acabará siendo el culpable de tus lamentos en cada cuesta.  Aunque, si se viaja en bicicleta eléctrica, es cierto que todos los santos ayudan: se puede llevar algo más de peso y apenas se nota.

Aquí no tienes que pelearte con la mecánica. La bici te la damos nosotros, revisada y lista para responder desde el primer kilómetro. Tú pedaleas, ella cumple. Además, viene equipada con todo lo necesario para el viaje: kit básico de reparación (cámara de repuesto, desmontables y multiherramienta), bombín, alforjas impermeables, casco, candado, luz trasera y soporte para el móvil. Y para que no tengas que improvisar sobre la marcha, también te facilitamos los tracks adaptados a bici: archivos GPX para usarlo en tu app deportiva habitual, y KMZ, para visualizar el recorrido completo en Google Maps.

Y un apunte importante: si estás dudando entre una bici eléctrica o una convencional, nuestro consejo es claro: la eléctrica nunca te falla. En las subidas duras o si un día vas justo, te echará una mano. En la convencional, el motor eres tú. Y si vas bien de fuerzas, la apagas y listo. Tú decides cuánto te exiges. La bici solo te acompaña.

Una vez en marcha, verás que el Camino en bici es prácticamente el mismo recorrido que el que se hace a pie. Viaja a tu ritmo y disfruta del paisaje sin prisas. Esto no va de ganar etapas porque aquí lo único que importa es que llegues… y que llegues con ganas de contarlo. Y si te apetece apretar, con un enfoque más deportivo, adelante: la ruta aguanta caña.

IRÚN → Santiago: 895 km

Etapas del Camino del Norte

¿Y ahora qué? Cuando llegas a Santiago

Siempre se dice que lo importante no es llegar, sino el camino… hasta que Santiago aparece y te hace replanteártelo. Capital de Galicia, ciudad universitaria y Patrimonio de la Humanidad desde 1985, Santiago no funciona como un simple punto final. Es un lugar donde confluyen rutas, historias y peregrinos de todas partes. Aquí el Camino no se cierra: se queda rondando.

La llegada a la Praza do Obradoiro es uno de esos instantes que marcan. A partir de ahí, toca cumplir con los clásicos del peregrino: recoger la Compostela, entrar en la Catedral  (puedes ver cómo hacerlo aquí), y asistir a la misa del peregrino, que se celebra varias veces al día y en distintos idiomas. Muy cerca, la Praza da Quintana es parada obligatoria para muchos, ya que es considerada la plaza más bonita de Santiago. Para quienes quieran cambiar de perspectiva, subir a los tejados de la Catedral es un deber: desde lo más alto de Santiago tendrás vistas únicas tanto de la ciudad como de la misma catedral, un plan único y muy demandado, por eso conviene reservar con antelación (puedes hacerlo en este enlace).

Y si hablamos de vistas, pocas cosas superan un paseo por la Alameda. Es el parque más emblemático de la ciudad, perfecto para observar Santiago con calma, respirar un poco y encontrarte con las Dos Marías, dos hermanas que, con su paseo diario y su forma de vestir, acabaron convirtiéndose en uno de los símbolos más queridos de la ciudad.

Para quienes prefieren descubrir un lugar a través del paladar, el Mercado de Abastos es visita obligada. No es un mercado cualquiera: es el segundo punto más visitado de Santiago después de la Catedral y el corazón de su vida gastronómica. Entre puestos, productos frescos y tapas, se entiende rápido por qué aquí el mar y la tierra conviven tan bien. Y cuando parece que el viaje ya ha dado todo de sí, llega la mejor parte: caminar sin rumbo por el casco antiguo, descubrir calles y plazas escondidas y, si la noche se alarga, brindar con una copa de licor café, que después de tantos kilómetros está más que justificada. Y por si fuera poco, Santiago siempre guarda algún plan extra:

  • Parque de Bonaval, un descanso entre verde y piedra, ideal para tumbarse y mirar al cielo después de tanto pedal.
  • Museo do Pobo Galego, junto al parque, para entender la historia, la música y la identidad de Galicia.
  • Cidade da Cultura, arquitectura contemporánea, exposiciones y un mirador distinto, accesible también en bici.
  • Monte do Gozo, el lugar desde el que muchos ven por primera vez la Catedral a lo lejos.
  • Monte do Viso, menos conocido, más tranquilo y con vistas que sorprenden.

Después de todo esto, si quieres llegar hasta el fin del mundo, atrévete a finalizar con el Camino de Fisterra y Muxía: pedalear hasta donde la tierra se acaba y el mar comienza.

Este Camino también tiene un cierre a la altura. Un recorrido opcional de 3 o 4 días, fuera de la ruta habitual, menos transitado y con la misma esencia, entre pueblos con encanto y paisajes abiertos al Atlántico.

Irún → Zarautz

Parada que merece la pena

San Sebastián es una de las ciudades más bonitas de España. Tanto, que la aristocracia del siglo XIX la eligió como destino de verano, y de ahí quedaron el Palacio de Miramar o el de Aiete. La Parte Vieja te espera con gastronomía local a base de pintxos. Aquí mandan dos iglesias: la Basílica de Santa María del Coro y la Catedral del Buen Pastor, que en fechas señaladas se anima con proyecciones de luz nocturnas.

Desde ahí se llega a la Playa de la Concha, una de las más bonitas de Europa. Justo enfrente está la Isla de Santa Clara, a la que se puede ir en barco para disfrutar de su playa, piscina natural y paseos hasta el faro y la obra Hondalea. Y ya a la salida de la ciudad, el cierre es claro: el Monte Igueldo regala las mejores vistas de la bahía y, abajo, el Peine del Viento, donde el mar sale disparado entre el hierro como un géiser. Ideal para mirar, pero no tanto para confiarse.

Un plato que deberías probar

Tortilla de bacalao: Dorada por fuera, jugosa por dentro. Cocina de mar que entra mejor de lo que suena.

Zarautz → Markina-Xemein

Parada que merece la pena

La primera parada es Getaria, un pequeño pueblo asomado al Cantábrico que acabó entrando en la historia ya que aquí nació Juan Sebastián Elcano, el marino que completó la primera vuelta al mundo en 1522, y en el pueblo todavía lo recuerdan como se merece, con estatuas, monumentos y su nombre muy presente entre sus calles. Después llegan los acantilados entre Deba y Zumaia, los más altos del País Vasco, con paredes de hasta 150 metros. Son flysch: capas de roca que se formaron bajo el mar hace millones de años y que el Cantábrico ha dejado como un libro abierto La guía no da para recomendar todos los miradores, pero tranquilo, que con la ruta que te hemos preparado los ves en primera fila. Y si tienes tiempo, puedes recorrer el Geoparque en barco desde Zumaia o verlo directamente en la Playa de Itzurun

La etapa termina en Markina-Xemein, donde la Ermita de San Miguel de Arretxinaga guarda rocas en su interior. Y no, no estás alucinando: después de tantos acantilados, la roca ya no se limita al paisaje, también se cuela hasta en la iglesia.

Un plato que deberías probar

Txangurro: Centollo mezclado con su propio jugo y gratinado al horno. Plato elegante del norte.

Markina-Xemein → Bilbao

Parada que merece la pena

Antes de llegar a Bilbao, el Camino pasa por Gernika, tristemente conocida por el bombardeo de 1937 que inspiró el famoso cuadro de Picasso. Luego llegas a Bilbao, una de las ciudades más modernas de España y ejemplo de como una potencia industrial supo reinventarse sin renunciar a su pasado. El mejor ejemplo es el Museo Guggenheim, que transformó la imagen de la ría y puso a la ciudad en el mapa internacional. Te guste más o menos el arte contemporáneo, el edificio impresiona igual. 

Pero el carácter de verdad está en el Casco Viejo. Las Siete Calles son barras llenas de pintxos, conversaciones a gritos y edificios que han visto de todo, como el Teatro Arriaga, elegante por fuera, con aire parisino, pero con pasado turbio: a finales del siglo XIX ocurrió allí un asesinato que tuvo más público fuera que dentro. Muy cerca están los elegantes Palacio Foral y Palacio Chávarri, y la Catedral de Santiago, la peregrina de Bilbao.

Un plato que deberías probar

Marmitako: Atún, patata y pimiento guisados juntos. Cocina marinera que sabe a puerto y a olla compartida.

Bilbao → Laredo

Parada que merece la pena

Una curiosidad sobre estas costas es que de aquí han salido los mejores surfistas del país y no es casualidad: aquí el mar es escuela, y si te animas a aprender, piensa que mejor que el Cantábrico no te va a enseñar nadie. Si eres mar de sol y toalla, en Castro-Urdiales está El Pedregal, una cala de piedra que forma una piscina natural de aguas cristalinas cuando el mar se porta  Aquí también destaca el Palacio de Ocharan, diseñado por Eladio Laredo, autor de otros edificios como el Palacio de Cristal de Madrid. Puedes visitar sus jardines con reserva, por si quieres cambiar salitre por un paseo elegante. Y la postal final la forman la Iglesia de Santa María de la Asunción y el Castillo de Santa Ana, unido por un puente a la ermita, que además guarda un pequeño museo.

Un plato que deberías probar

Bacalao al Pil Pil:  Bacalao, ajo y aceite. Pocos ingredientes que hacen magia juntos.

Laredo → Santander

Parada que merece la pena

Antes de entrar en Santander, desvíate a la Isla de la Pedrosa. Entre marismas y edificios abandonados, dicen que está encantada y con su historial no es raro: lugar de cuarentena para marineros enfermos y sanatorio de tuberculosos. Pero si quieres algo más tranquilo, ve a la Península de la Magdalena: sin fantasmas, solo vistas impresionantes y  un elegante palacio. 

Santander es una de las ciudades más elegantes de España. En 1941 un incendio arrasó su centro. Uno de los pocos edificios que quedaron en pie fue la Catedral, que también resistió la explosión de un barco y la Guerra Civil. Una auténtica superviviente. Después, empieza por el Museo Marítimo del Cantábrico, pasea por el Paseo de Pereda y sus jardines y acércate al moderno Centro Botín. Si buscas playa, la de los Peligros es una parada segura aunque el nombre diga lo contrario. Y para comer, la Plaza de Cañadío o el Mercado del Este no suelen fallar

Un plato que deberías probar

Anchoas de Santoña: Anchoas en salazón con buen aceite. Directas de la localidad vecina.

Santander → Santillana del Mar

Parada que merece la pena

Santillana del Mar tal vez no es santa, ni llana, ni tiene mar, pero lo que sí tiene es uno de los cascos históricos mejor conservados del norte, declarado Conjunto Histórico-Artístico, con calles empedradas, casas medievales y la impresionante Colegiata de Santa Juliana, que dio nombre a la villa y es su gran protagonista. Y muy cerca está la Cueva de Altamira, con pinturas de más de 14.000 años. La cueva original apenas no se puede visitar por conservación, pero el Museo de Altamira ofrece una réplica exacta que permite ver los famosos bisontes sin jugar con el patrimonio de la humanidad.

Un plato que deberías probar

Sorropotún: Bonito con patata y pimiento guisados juntos. Sencillo y muy marinero.

Santillana del Mar → Colombres

Parada que merece la pena

La primera parada es en Cóbreces, te esperan construcciones impresionantes como la Abadía de Viaceli o la Iglesia de San Pedro Advíncula. Otro gran espectáculo arquitectónico está en Comillas, destino aristocrático en el siglo XIX gracias al indiano Marqués de Comillas. El resultado es un desfile de edificios llamativos: el Palacio de Sobrellano, su residencia, junto a la Capilla y El Capricho de Gaudí, una de sus pocas obras fuera de Cataluña. También destaca el CIESE-Fundación Comillas, dedicada al estudio de la lengua y cultura española. 

Antes de Asturias se abre el Parque Natural de Oyambre, una larga playa entre montañas nevadas, marismas y prados, probablemente de las mejores del norte. Para cerrar la etapa, si todavía no tienes claro quiénes eran los indianos, el Museo de la Emigración en Colombres, explica la historia de quienes cruzaron el Atlántico buscando fortuna.

Un plato que deberías probar

Rabas: Calamares rebozados y fritos al momento. Se piden para compartir y siempre faltan.

Colombres → Ribadesella

Parada que merece la pena

Llanes el plan empieza en su centro histórico, el puerto y sigue por el Paseo de San Pedro, un balcón natural al Cantábrico. Si quieres más vistas, ve al faro o a la Ermita de la Virgen de la Guía, con panorámicas del puerto, la costa y, en días claros, los Picos de Europa. Y si algún rincón te suena, es normal: aquí se han rodado unas 20 películas; el Palacio de Partarríu, de El Orfanato, es el más famoso. 

Para desvíos de apenas cinco minutos, puedes acercarte a la Playa de Cuevas del Mar y a la de Gulpiyuri, dos playas increíbles esculpidas por el mar. En Ribadesella manda la naturaleza: playa, paseo del malecón y el famoso Descenso del Sella. El gran tesoro aparece bajo tierra: la Cueva de Tito Bustillo, con arte rupestre de más de 14.000 años. Mejor reservar, que hasta la prehistoria tiene aforo limitado. 

Un plato que deberías probar

Lechazo al horno: Cordero asado crujiente por fuera y tierno por dentro. Perfecto para reponer fuerzas.

Ribadesella → Gijón

Parada que merece la pena

Gijón mantiene ese carácter de gran ciudad industrial del norte, aunque hoy destaca más por su lado abierto, cercano y con mucha vida en la calle. Aquí la gente tiene fama de directa y acogedora, y la ciudad acompaña con ese ambiente marinero y abierto que se respira junto al mar. Buena prueba de ello la tienes en la Playa de San Lorenzo, que da inicio a uno de los paseos más emblemáticos y a la gran postal de la ciudad. Si el Cantábrico te deja bañarte, adelante… pero ojo, que la marea aquí llega sin avisar.

Cimadevilla es el barrio más bonito y el mejor para comer: calles estrechas, ambiente constante y alguna sorpresa como Casa del Chino y sus farolillos que decoran las fiestas locales. Aquí es imposible no toparse con Gaspar Melchor de Jovellanos. No es un Rey Mago, pero en Gijón lo tratan como tal. Fue político, reformista… y un poco de todo en el siglo XVIII, defendiendo educación, modernización y sentido común cuando no estaba de moda. Para cerrar, sube hasta el Elogio del Horizonte. Esta obra fue controvertida por su presupuesto y autor, el mismo que el del Peine del Viento de San Sebastián y su curiosa obsesión por el sonido del mar. Popularmente la llaman “el váter de King Kong” por razones obvias. Polémico o no, al menos hay algo indiscutible: las vistas desde allí totalmente merecen la pena.

Un plato que deberías probar

Cachopo: Filete empanado grande, crujiente y acompañado de sidra. Aquí nadie se queda con hambre.

Gijón → Muros de Nalón

Parada que merece la pena

Avilés tiene fama de ciudad industrial, pero en el casco histórico la historia cambia: esta villa te sorprende con plazas como la de España y la de Domingo, y con calles como Rivero y Galiana, de las más bonitas del norte. Entre edificios curiosos destaca la Iglesia de Santo Tomás de Canterbury y el Palacio de Balsera, actual conservatorio. Si entre tanto paseo barroco te da por mirar al otro lado de la ría, no te asustes, no es una nave espacial, tan solo es el Centro Niemeyer: un centro cultural dedicado a exposiciones y eventos que puso a Avilés en el mapa contemporáneo.

En Muros de Nalón, el Palacio de Valdecarzana y Vallehermoso, aunque no sea visitable, recuerda el pasado señorial del lugar. Entre palacios, ría y acantilados, no es casualidad que el entorno haya sido escenario de cine: con estos paisajes, la cámara lo tiene fácil. Y antes de continuar con la siguiente etapa, merece la pena ir a Somado y ver algunas de las casas indianas mejor conservadas en pleno esplendor, como La Casa Amarilla, el Chalet de Solís o La Casona.

Un plato que deberías probar

Fabada asturiana: Judías con chorizo, morcilla y panceta. De esas que te obligan a sentarte bien en la silla.

Muros de Nalón → Luarca

Parada que merece la pena

En esta etapa merece la pena levantar la vista y mirar hacia los acantilados, como el de la Playa del Silencio o el de la Ermita de la Regalina. Después llega Cudillero, famoso por sus casas de colores sobre el puerto y siempre comparado con algún rincón italiano pero con más sidra y menos góndolas.

La etapa finaliza en Luarca. Arriba del todo está su famoso cementerio y, aunque la recomendación suene un poco siniestra, este lugar te hará replantearte esa idea, ya que pocas despedidas tienen semejantes vistas al mar. Además, basta con asomarse un poco para ver la tumba de Severo Ochoa, nobel en medicina y el vecino más famoso de por aquí. Desde ahí, solo queda bajar hacia su bonito puerto y perderse por sus calles y edificios. Y si te hartas de playas (cosa improbable por aquí), puedes cambiar arena por verde y acercarte al Jardín de la Fonte Baixa, uno de los mayores jardines botánicos de Europa, con especies traídas de medio mundo. Dentro está el Hueco de los Deseos, donde el jardín te concede lo que pidas. Si vas a pedir algo, que sea grande, que después de tantos kilómetros el universo ya te debe una.

Un plato que deberías probar

Pixín a la Sidra: Rape guisado con sidra y cebolla. Mar con un toque asturiano.

Luarca → Ribadeo

Parada que merece la pena

Tapia de Casariego es casi tu última gran oportunidad de disfrutar del mar antes de que el Camino gire hacia el interior, así que aprovecha: playas abiertas, un rato en la piscina de agua salada, un camino hasta el Muelle de Fora.

En Ribadeo, el casco antiguo fue declarado Conjunto Histórico-Artístico y con razón. Basta pasear por San Roque o la Plaza de España para ver las casas indianas, levantadas por emigrantes que volvieron de América con fortuna y ganas de presumir de fachada. Una de sus joyas es la Torre dos Moreno, diseñada por un discípulo de Gaudí, que cierra esta Ruta de los Indianos. Y antes de seguir, un último paseo mirando al Cantábrico, porque a partir de aquí, se le va a echar de menos. Y si tienes tiempo, merece mucho la pena el desvío a la Playa de las Catedrales, uno de los grandes iconos de la costa gallega. Sus arcos de roca y acantilados solo se descubren de verdad con marea baja, así que conviene mirar horarios… que aquí manda el mar.

Un plato que deberías probar

Arroz con bogavante: Arroz con bogavante y caldo bien trabajado. Plato que no necesita presentación.

Ribadeo → Abadín

Parada que merece la pena

En esta etapa el Camino regala uno de esos rincones que no esperas: una cascada escondida en plena naturaleza que cae formando una poza tentadora donde, si el día acompaña, apetece meterse sin pensarlo demasiado.

En Mondoñedo te recibe la Catedral de Mondoñedo, a la que llaman la “Catedral arrodillada” porque no presume de altura, pero no necesita imponerse para llamar la atención. Muy cerca está el barrio de Os Muíños, con antiguas casas, molinos y pequeños canales donde el sonido del agua marca el ritmo. Y para cerrar con una leyenda, por aquí está la Cova do Rei Cintolo, la cueva más grande de Galicia. La historia habla de un reino desaparecido por culpa de un hechicero despechado que decidió que, si no había boda, tampoco había reino. 

Un plato que deberías probar

Caldo gallego: Grelos, patata y alubias. Entrada a Galicia en forma de cuchara caliente.

Abadín → Baamonde

Parada que merece la pena

En Vilalba merece la pena pasar por el casco histórico, con casas de colores y la Torre dos Andrade, una familia tan poderosa que dejó construcciones repartidas por media Galicia medieval. El Camino también acompaña al río Magdalena, con su paseo fluvial y literario, salpicado de molinos y homenajes a autores gallegos. Un desvío que agradecerás haber leído en esta guía es el de la Charca do Alligal, un “jacuzzi natural” famoso por sus aguas curativas.

La jornada suele terminar en Baamonde. Aquí hay una curiosa capilla, la Capela do Castiñeiro, un castaño centenario que se salvó de ser talado cuando un escultor se encerró en su tronco y talló en su interior un altar dedicado a la Virgen del Rosario. Un milagro extraño del Camino.

Un plato que deberías probar

Carne ó caldeiro: ternera cocida con patata y pimentón. Sencilla en apariencia, seria cuando toca comer.

Baamonde → Arzúa

Parada que merece la pena

En esta última etapa el Camino se relaja. Ya no hay tantas paradas ni tramos por grandes ciudades.  

La parada clave es Sobrado, donde se alza el impresionante Monasterio de Santa María. Claustros, silencio y una laguna artificial creada por los propios monjes, el Lago de Sobrado, porque la fe mueve montañas y aquí también abre las aguas. Lo mejor de este sitio es que lo puedes visitar los fines de semana. 

Después llega Arzúa donde no te puedes ir sin probar el queso, porque cuando una comida lleva un nombre de una ciudad, por algo será. Y antes de llegar a la meta, aparece el Hito de entrada a Santiago marcando el final de un recorrido muy largo. Muchos peregrinos dejan aquí una piedra o un pequeño recuerdo. Un gesto sencillo y muy del Camino: soltar peso antes de seguir.

Un plato que deberías probar

Pulpo a feira: Pulpo cocido con patata, pimentón y aceite. Tradición gallega sin discusión.

Arzúa → Santiago

Un plato que deberías probar

Empanada gallega y tarta de Santiago: Tradición salada y dulce que acompaña, celebra y pone el punto final al camino.

Mvico Bikes Logo
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.